Guerra y Paz
Guerra y Paz Cerca de las tres, cuando llegó un sargento con la orden de salir para la aldea de Ostrovna, nadie dormía todavía.
Aunque sin dejar de bromear y reír, los oficiales se prepararon con prisas. De nuevo calentaron el samovar con agua sucia; pero Rostov, sin esperar el té, salió para acercarse a su escuadrón. Comenzaba a clarear; había cesado la lluvia y las nubes se dispersaban. Había humedad y hacía frío, sobre todo por la sensación de los uniformes a medio secar. Al salir del mesón, Rostov e Ilín echaron una mirada al carruaje del médico, con su capota de cuero brillante por las gotas de la lluvia; las piernas del doctor sobresalían del carruaje y en el centro del mismo reposaba en una almohada la cofia de su mujer; se oía la respiración regular de los dormidos.
—Es muy bonita realmente— dijo Rostov a Ilín, que salía con él.
—¡Un encanto de mujer!— comentó Ilín con toda la seriedad de sus dieciséis años.
