Guerra y Paz
Guerra y Paz Natasha estaba más tranquila, pero no más alegre. No sólo evitaba todas las ocasiones externas de alegrÃa: los bailes, el patinaje, los conciertos y teatros, sino que nunca reÃa sin que detrás de su risa asomaran las lágrimas. Le era imposible cantar, y cada vez que comenzaba a reÃr o entonar una canción la ahogaban los sollozos de arrepentimiento y el recuerdo del pasado, de aquellos tiempos puros que ya no volverÃan: eran lágrimas de enfado al pensar en la estéril pérdida de una juventud que podÃa haber sido tan dichosa. La risa y el canto le parecÃan una profanación de su pena. No le costaba ningún esfuerzo dejar de presumir, de acicalarse. Aseguraba —y lo creÃa en aquella época— que todos los hombres eran para ella iguales que el bufón Nastasia Ivánovna. Una especie de vigÃa interior le prohibÃa toda manifestación de alegrÃa; tampoco sentÃa ya atracción por lo que tanto le gustaba antes, en sus años de despreocupación y esperanza. Se acordaba con frecuencia y dolorosamente del otoño, de las cacerÃas, del tÃo y de las últimas Navidades que Nikolái pasara con ellos en Otrádnoie. ¡Cuánto darÃa por volver a aquella época, siquiera fuese sólo por un dÃa! Pero esa vida habÃa terminado para siempre. No la engañó entonces el presentimiento de que aquella sensación de libertad, cuando todas las alegrÃas eran posibles, no volverÃa más. Y, sin embargo, era necesario seguir viviendo.