Guerra y Paz

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XVII

Natasha estaba más tranquila, pero no más alegre. No sólo evitaba todas las ocasiones externas de alegría: los bailes, el patinaje, los conciertos y teatros, sino que nunca reía sin que detrás de su risa asomaran las lágrimas. Le era imposible cantar, y cada vez que comenzaba a reír o entonar una canción la ahogaban los sollozos de arrepentimiento y el recuerdo del pasado, de aquellos tiempos puros que ya no volverían: eran lágrimas de enfado al pensar en la estéril pérdida de una juventud que podía haber sido tan dichosa. La risa y el canto le parecían una profanación de su pena. No le costaba ningún esfuerzo dejar de presumir, de acicalarse. Aseguraba —y lo creía en aquella época— que todos los hombres eran para ella iguales que el bufón Nastasia Ivánovna. Una especie de vigía interior le prohibía toda manifestación de alegría; tampoco sentía ya atracción por lo que tanto le gustaba antes, en sus años de despreocupación y esperanza. Se acordaba con frecuencia y dolorosamente del otoño, de las cacerías, del tío y de las últimas Navidades que Nikolái pasara con ellos en Otrádnoie. ¡Cuánto daría por volver a aquella época, siquiera fuese sólo por un día! Pero esa vida había terminado para siempre. No la engañó entonces el presentimiento de que aquella sensación de libertad, cuando todas las alegrías eran posibles, no volvería más. Y, sin embargo, era necesario seguir viviendo.


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