Guerra y Paz
Guerra y Paz De la sala de la nobleza el Emperador pasó a la de los mercaderes, donde permaneció unos diez minutos. Entre los demás, Pierre vio que al salir de aquella sala el Zar tenía los ojos llenos de lágrimas. Como después se supo, acababa de comenzar el Emperador su alocución a los mercaderes cuando los ojos se le arrasaron de lágrimas, y con voz temblorosa terminó su discurso. Cuando Pierre vio al Zar iba acompañado de dos mercaderes; Pierre conocía a uno de ellos, un contratista muy grueso; el otro era alcalde, de rostro amarillo y flaco y barbilla puntiaguda. Ambos lloraban; el mercader delgado tenía los ojos llenos de lágrimas, pero el otro sollozaba como un niño y repetía a cada momento:
—¡Tomad nuestras vidas y nuestros bienes, Majestad!
En aquel instante Pierre no sentía más que un profundo deseo de mostrar que por su parte no había obstáculos y que estaba dispuesto a sacrificarlo todo. Se reprochaba su propio discurso de tendencia constitucional. Habiendo oído que el conde Mámonov proporcionaba un regimiento, Bezújov declaró inmediatamente al conde Rastopchin que él daría mil hombres equipados.
El viejo Rostov no pudo contar a su mujer sin lágrimas lo ocurrido, e inmediatamente consintió en el deseo de Petia y él mismo fue a alistarlo.