Guerra y Paz
Guerra y Paz Entre las incontables subdivisiones que se pueden hacer de los fenómenos de la vida, cabe separarlas en todas aquellas en las que predomina el contenido y aquellas en las que prevalece la forma. Entre estas últimas podemos incluir la vida de San Petersburgo, en particular la de sus salones —que es invariable— en contraste con la vida en el campo, en el distrito, la provincia y en el propio Moscú.
Desde 1805 los rusos han luchado con Bonaparte y se han reconciliado con él; han hecho y deshecho Constituciones, pero el salón de Anna Pávlovna y el de Elena Bezújov seguían siendo exactamente iguales a lo que eran, siete años atrás, uno, y cinco años el otro. En el salón de Anna Pávlovna se comentaban con idéntica perplejidad los éxitos de Napoleón, y se veía en ellos, lo mismo que en la sumisión de los príncipes europeos, una malvada conjuración con el único fin de molestar y turbar el círculo cortesano que Anna Pávlovna representaba. Por el contrario, en casa de Elena (honrada con frecuentes visitas de Rumiántsev, que la consideraba una mujer de extraordinaria inteligencia), lo mismo en 1812 que en 1808, se hablaba con entusiasmo de la gran nación francesa y del gran hombre, y se lamentaba la ruptura con los franceses, ruptura que, en opinión de las personas que se reunían en los salones de Elena, debía terminar con la paz.