Guerra y Paz
Guerra y Paz La princesa María imaginó vivamente la situación de mademoiselle Bourienne, a quien en los últimos tiempos había alejado de sí pero que seguía dependiendo de ella y vivía en casa ajena. La compadeció; la miró con afectuosa interrogación y le tendió la mano. Inmediatamente, mademoiselle Bourienne comenzó a llorar y a besar la mano de la princesa; le hablaba del gran dolor de la princesa y que ella compartía. El único consuelo —decía— era que la princesa le permitiera compartir aquel dolor. Decía que todos los malentendidos debían desaparecer ante aquella gran pena; que seguía sintiéndose pura ante todos y que él estaría viendo allá su afecto y su reconocimiento. La princesa escuchaba aquellas palabras sin entenderlas. Pero no dejaba de mirarla y percibir el dulce sonido de su voz.
—Su situación, querida princesa, es doblemente terrible— añadió mademoiselle Bourienne tras un breve silencio. —Comprendo que no pueda pensar en sí misma, pero, yo, por el cariño que siento hacia usted, debo hacerlo… ¿Ha visto a Alpátich? ¿Le habló de la marcha?
La princesa María no contestó. No comprendía quién debía partir, ni adonde. “¿Acaso se puede emprender algo ahora? ¿Pensar en algo? ¿Acaso no da todo igual?”