Guerra y Paz

Guerra y Paz

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“¿Por qué no entré entonces? —pensó—. Tal vez me habría dicho en aquel momento lo que me dijo el día de su muerte. También habló de mí aquella noche con Tijón: preguntó por mí dos veces. Quería verme, y yo estaba detrás de la puerta. Sentía pena y tristeza por hablar con Tijón, que no lo comprendía. Recuerdo que mencionó a la difunta Lisa como si estuviera viva. Había olvidado su muerte y Tijón le recordó que ya no existía… Entonces él gritó: «¡Imbécil!». Sufría mucho. A través de la puerta pude oír cómo al tenderse en el lecho gritó: «¡Dios mío!».

“¿Por qué no entré entonces? ¿Qué habría hecho él? ¿Qué arriesgaba yo? Seguro que habría sido un consuelo para mi padre y me habría dicho aquellas palabras…”

Y la princesa María pronunció en voz alta aquellas tiernas palabras de su padre en el mismo día de su muerte:

—¡Querida!…

Repitió esas palabras y se echó a llorar con lágrimas que aliviaban el corazón. Ahora veía su rostro; no era el que había conocido siempre, y que siempre había visto desde lejos, sino un rostro tímido y débil, que vio por primera vez, con todas sus arrugas y todas sus particularidades, mientras se inclinaba para oír lo que decía.

—Alma… mía— repitió.


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