Guerra y Paz

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—¿Están aquí las habitaciones de las princesas?— preguntó a uno de ellos Anna Mijáilovna.

—Sí, la puerta de la izquierda, señora— respondió el lacayo, con voz fuerte y audaz, como si ahora todo estuviera permitido.

—Tal vez el conde no me ha llamado— dijo Pierre cuando llegaron al descansillo. —Será mejor que me vaya a mi habitación.

Anna Mijáilovna se detuvo para esperar a Pierre.

—Ah, mon ami!— dijo con la misma voz y gesto con que por la mañana había hablado a su hijo. —Croyez que je souffre autant que vous, mais soyez homme[105]— añadió, rozando la mano de Pierre.

—¿Y si me fuera?— preguntó Pierre mirando cariñosamente a Anna Mijáilovna a través de sus lentes.

—Ah, mon ami, oubliez les torts qu’on a pu avoir envers vous, pensez que c’est votre père…, peut-être à l'agonie— suspiró. —Je vous ai tout de suite aimé comme mon fils. Fiez-vous à moi, Pierre. Je n’oublierai pas vos intérêts[106]— contestó a su mirada; y avanzó con más prisas por el pasillo.

Pierre, que no comprendía nada, se convenció aún más de que todo tenía que ser así y siguió dócilmente a Anna Mijáilovna, que ya abría la puerta.


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