Guerra y Paz
Guerra y Paz —¡Bueno! ¡Ya está todo!— exclamó Kutúzov mientras firmaba el último documento.
Se levantó pesadamente; alisó las arrugas de su cuello grueso y blanco. Después, con el rostro alegre, se dirigió a la puerta.
La mujer del pope, muy colorada, agarró la bandeja, que, a pesar de los largos preparativos, no pudo presentar a tiempo. Con una profunda reverencia se la ofreció a Kutúzov. El general en jefe entornó los ojos y acarició la barbilla de la mujer.
—¡Qué guapÃsima eres!— le dijo. —¡Gracias, gracias, querida!
Sacó de un bolsillo del pantalón algunas monedas de oro y las dejó en la bandeja.
—¿Y qué, cómo vivÃs?— preguntó Kutúzov mientras se dirigÃan a la habitación que le habÃan destinado.