Guerra y Paz
Guerra y Paz —¡Ah!— dijo la princesa, furiosa. —Ese conde suyo es un hipócrita, un miserable; él mismo excita al pueblo a la rebeldÃa. ¿No escribió, acaso, en esos estúpidos pasquines que a cualquiera, fuese quien fuera, habÃa que agarrarlo por el copete y llevarlo a la cárcel? Vaya tonterÃa. La gloria y el honor, dice, serán de quien lo haga. Y mire el resultado de sus buenas palabras. Varvara Ivánovna me ha contado que el pueblo casi la mata porque habló en francés…
—Eso no tiene importancia… Usted toma demasiado a pecho las cosas— dijo Pierre, y se dedicó al solitario.
El solitario salió bien, pero Pierre se quedó en Moscú —en la ciudad casi vacÃa—, presa de la misma inquietud, indecisión, del mismo temor y alegrÃa, a la espera de algo horrible.
Al atardecer del dÃa siguiente la princesa se fue y el administrador se presentó a Pierre para decirle que no tenÃa el dinero necesario para equipar el regimiento, a no ser que se vendiera una de las fincas. El administrador trató de hacer ver a Pierre que la empresa del regimiento acabarÃa por arruinarlo. Pierre, al oÃr tales palabras, disimuló a duras penas una sonrisa.
—Bueno, véndala— dijo, —¿qué le vamos a hacer? Ahora no puedo volverme atrás.