Guerra y Paz
Guerra y Paz Tambaleándose por los empujones recibidos en aquellas apreturas, Pierre miraba en derredor.
—¡Conde Piotr KirÃlovich! ¿Cómo usted por aquÃ?— le gritó una voz.
Pierre miró hacia atrás.
BorÃs Drubetskói, frotándose las rodilleras del pantalón, que se habÃan ensuciado (posiblemente también él habÃa besado la imagen), se le acercó sonriente. Iba vestido elegantemente, con cierto aire marcial: llevaba una larga levita y, lo mismo que Kutúzov, la fusta a la bandolera.
Entretanto, Kutúzov se acercó a la aldea y se sentó a la sombra de la casa más próxima en un banco que un cosaco le habÃa traÃdo corriendo y que otro, con la misma prontitud, habÃa cubierto con una pequeña alfombra.
Un séquito brillante y numeroso rodeaba al general en jefe.
El icono siguió su procesión acompañado de la multitud; Pierre, conversando con BorÃs, se detuvo a unos treinta pasos de Kutúzov.
Pierre contó a Drubetskói sus intenciones de asistir a la batalla y ver las posiciones.
