Guerra y Paz
Guerra y Paz Volvió a mirar el reloj. No eran más que las cuatro. Seguía sin sueño; había terminado el ponche y no quedaba nada que hacer. Se levantó, dio unos pasos de un lado a otro, se puso una levita de abrigo, el sombrero y salió de la tienda. La noche era oscura y húmeda. Una imperceptible niebla caía de lo alto. Las hogueras ardían débilmente por allí cerca, en la Guardia francesa; a lo lejos, a través del humo, se veía el resplandor de las rusas. Todo estaba en calma y podía oírse claramente el rumor de las tropas francesas, ya en movimiento para ocupar sus posiciones.
Napoleón se paseó delante de su tienda, mirando los fuegos y escuchando el rumor de los soldados; al pasar junto al apuesto centinela con gorro alto, que estaba de guardia a la puerta de la tienda y se había erguido como una columna negra al aparecer el Emperador, se detuvo ante él.
—¿Desde cuándo estás en el servicio?— preguntó con la habitual afectación de cariñosa y familiar rudeza militar con que siempre se dirigía a los soldados.
El centinela contestó.
—Ah! Un des vieux!…[429] ¿Habéis recibido arroz en el regimiento?
—Sí, Majestad.
Napoleón hizo un gesto con la cabeza y se alejó.