Guerra y Paz
Guerra y Paz A las cinco y media se dirigió montado en su caballo a la aldea de Shevardinó.
Comenzaba a clarear, el cielo estaba limpio y sólo una nube aparecía en el este. Las hogueras, abandonadas, iban extinguiéndose en la débil luz del día.
A la derecha resonó un disparo de cañón, sordo y aislado, que acabó perdiéndose en el silencio general. Pasaron algunos minutos. Después sonó un segundo cañonazo y un tercero sacudió el aire; el cuarto y el quinto retumbaron próximos y solemnes a la derecha.
Aún no se había extinguido el eco de aquellas primeras detonaciones cuando estallaron otras, mezclándose y confundiéndose en un estruendo general.
Napoleón, acompañado por el séquito, llegó al reducto de Shevardinó y echó pie a tierra. El juego había comenzado.