Guerra y Paz
Guerra y Paz Pierre subió al túmulo y quedó admirado de la belleza que tenía delante. Se trataba del mismo panorama que había contemplado con admiración el día anterior, pero ahora todo estaba cubierto de tropas y humo de los disparos; los rayos oblicuos del reluciente sol, que surgían por detrás y a la izquierda de Pierre, iluminaban en aquel claro aire matinal, matizado de luz dorada y rosácea, sombras largas y oscuras. Los bosques lejanos, que bordeaban aquel panorama, como tallados en alguna piedra preciosa verdiamarilla, se divisaban en el horizonte por la línea sinuosa de sus copas y, entre ellas, pasado Valúievo, se veía la gran carretera de Smolensk cubierta de tropas. Más próximos, se extendían dorados campos entre bosquecillos de árboles jóvenes. Por todas partes se veían tropas: enfrente, a la derecha y a la izquierda. Todo en su conjunto estaba lleno de animación, era majestuoso e inesperado. Pero lo que más sorprendió a Pierre fue la vista del campo de batalla, la aldea de Borodinó y las cañadas a los dos lados del Kolocha.