Guerra y Paz

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—Il n’y a rien qui restaure, comme une tasse de cet excellent thé russe après une nuit blanche[115]— decía Lorrain con animación contenida, de pie en el saloncito circular, ante la mesa con el servicio de té y una cena fría. El médico bebía en una finísima taza de porcelana china sin asa. En torno a la mesa se habían reunido para restaurar sus fuerzas cuantos estuvieron aquella noche en la casa del conde Bezújov. Pierre recordaba bien aquel saloncito circular con sus espejos y mesitas. Cuando había alguna fiesta en casa del conde, Pierre, que no sabía bailar, prefería sentarse en aquella salita a observar cómo las damas, en traje de noche, con diamantes y perlas en los escotes desnudos, al atravesar la estancia espléndidamente iluminada se miraban en los espejos, que reflejaban varias veces sus figuras. Ahora, en esa misma sala apenas iluminada por dos velas, habían puesto en desorden, sobre una mesa, el servicio de té y diversos platos ordinarios. Las personas reunidas allí, diversas y con aspecto poco festivo, hablaban en voz baja y cuidaban de expresar en cada movimiento, en cada palabra, que ninguno olvidaba lo que estaba sucediendo y lo que iba a suceder en la alcoba del enfermo. Pierre se abstuvo de comer, aunque sentía hambre. Se volvió a su mentora en busca de consejo y vio que se dirigía, de puntillas, hacia la sala contigua donde habían quedado el príncipe Vasili y la princesa Catiche. Pierre, suponiendo que también aquello era necesario, después de unos instantes siguió sus pasos. Anna Mijáilovna estaba junto a Catiche y ambas hablaban al mismo tiempo y en voz baja, pero con tono alterado.


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