Guerra y Paz
Guerra y Paz Durante varios segundos se contemplaron con ojos asustados y confusos, sin saber qué habían hecho ni qué debían hacer. “¿Soy yo el prisionero o es él?”, pensaba cada uno de ellos. Pero el oficial francés debió de creer que el prisionero era él, porque la mano fuerte de Pierre, impulsada por el involuntario miedo, lo apretaba cada vez más. El francés quiso decir algo cuando un proyectil silbó de manera espantosa a baja altura, por encima de los dos, y Pierre tuvo la sensación de que se había llevado la cabeza del contrario por la rapidez con que éste la inclinó.
También Pierre se agachó y soltó al oficial francés. Sin pensar más en quién era el prisionero, el francés corrió atrás, a la batería; Pierre fue cuesta abajo, tropezando a cada paso con muertos y heridos que, según le parecía, lo agarraban por las piernas. Aún no había llegado al llano cuando se dio cuenta de que venía a su encuentro una compacta masa de soldados rusos; subían rápidamente hacia la batería, caían, tropezaban y lanzaban gritos jubilosos. (Se trataba del famoso ataque cuya gloria se atribuyó Ermólov, asegurando que sólo su valor y la suerte fueron los causantes de un acto tan heroico. En ese ataque, se decía, esparcía sobre el túmulo las cruces de San Jorge que llevaba en el bolsillo.)