Guerra y Paz
Guerra y Paz El reducto de Shevardinó, donde se encontraba Napoleón, estaba a un kilómetro de las fortificaciones rusas y a más de dos, en línea recta, de Borodinó. Por eso, Napoleón no podía ver lo que estaba sucediendo allí, tanto más que el humo de las descargas, confundiéndose con la niebla, lo cubría todo. Los soldados de la división de Dessaix, que avanzaban hacia las primeras posiciones rusas, sólo fueron visibles cuando descendieron al barranco que los separaba de las fortificaciones rusas. Después, el humo de la fusilería y artillería se hizo en esas posiciones tan denso que ocultó por completo la otra vertiente del barranco. A través del humo podía distinguirse algo negro, probablemente soldados, y, a veces, el resplandor de las bayonetas. Pero desde el reducto de Shevardinó era imposible distinguir si avanzaban o estaban inmóviles, si eran rusos o franceses.
El sol se levantó luminoso y lanzaba sus rayos oblicuos directamente al rostro de Napoleón, que miraba las fortificaciones protegiéndose los ojos con la mano. El humo cubría las posiciones contrarias, y tan pronto parecía que era el humo el que se movía como que eran soldados los que avanzaban. De vez en cuando, entre el ruido de las descargas, se oían gritos, pero era imposible comprender lo que ocurría.