Guerra y Paz

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El gallardo ayudante de los largos cabellos, sin separar su mano de la visera, lanzó un profundo suspiro y volvió al galope hacia el sitio donde mataban hombres.

Napoleón se levantó; hizo llamar a Caulaincourt y Berthier y se puso a charlar con ellos sobre cosas que no tenían relación alguna con la batalla.

En plena conversación, que empezaba a interesar al Emperador, los ojos de Berthier se detuvieron en un general que, con su séquito, galopaba sobre un sudoroso caballo hacia el túmulo. Era Bélliard. Desmontó, se acercó rápidamente a Napoleón y en voz alta, con tono enérgico, le expuso la necesidad de refuerzos. Juraba por su honor que los rusos serían destruidos si el Emperador empeñaba una división más.

Napoleón se encogió de hombros y, sin contestar palabra, siguió paseando. Bélliard, con voz alta y animada, hablaba ahora con los generales del séquito imperial que lo habían rodeado.

—Es usted muy vehemente, Bélliard— dijo Napoleón acercándose de nuevo al general. —Es fácil engañarse en el calor del combate. Vaya a mirar y vuelva para informarme.

Apenas hubo marchado Bélliard, llegaba de otro sector del frente un nuevo enviado.

—Eh bien! qu'est-ce qu'il y a?[434]— preguntó Napoleón, con el tono de un hombre irritado por los repetidos impedimentos.


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