Guerra y Paz
Guerra y Paz Uno de los doctores, con el delantal y las manos más bien pequeñas manchadas de sangre, salió de la tienda. Sujetaba el cigarro con el pulgar y el meñique, para no ensuciarlo. Levantó la cabeza y se puso a mirar a los lados, por encima de los heridos. Era evidente que deseaba descansar un poco. Movió la cabeza varias veces a derecha e izquierda, suspiró y bajó los ojos.
—¡En seguida!— contestó a las palabras del practicante que le señalaba al príncipe Andréi, y ordenó que lo introdujeran en la tienda.
De la multitud de heridos que esperaban salió un sordo rumor.
—Hasta en el otro mundo sólo vivirán los señores— dijo alguien.
