Guerra y Paz
Guerra y Paz El aspecto aterrador del campo de batalla, cubierto de cadáveres y heridos, unido a su pesadez de cabeza, a la noticia de que veinte de sus generales, a los que conocía, habían resultado heridos o muertos y la conciencia de la debilidad de su brazo, antes poderoso, produjeron una inesperada impresión en Napoleón, que se complacía habitualmente en contemplar los muertos y heridos para medir su propia fuerza de ánimo (así pensaba él). Aquel día el aspecto espantoso del campo de batalla había vencido la fuerza moral en la cual cifraba el Emperador todo su mérito y grandeza: se retiró rápidamente del campo y volvió al túmulo de Shevardinó.
Amarillento, grueso y pesado, con ojos turbios, la nariz colorada y la voz enronquecida, permanecía sentado en una silla plegable y escuchaba, sin querer y sin levantar los ojos, el estruendo de los cañonazos. Con enfermiza angustia esperaba el término de aquella acción, de la cual se consideraba partícipe pero que ya no podía detener. El sentimiento humano personal prevaleció por un instante sobre la imagen artificial de la vida a cuyo servicio había estado tanto tiempo. Pesaban sobre él los sufrimientos y la muerte que había visto en el campo de batalla.
