Guerra y Paz
Guerra y Paz La pesadez de la cabeza y del cuerpo le recordaban la posibilidad del dolor y de la muerte también para él. En aquel momento ya no deseaba Moscú, ni la victoria ni la gloria (¿qué más gloria podÃa apetecer aún?); no deseaba sino una cosa: reposo, tranquilidad, libertad. Pero cuando se vio en la cota de Semiónovskoie, el jefe de la ArtillerÃa le propuso emplazar algunas baterÃas en aquel lugar para intensificar el fuego sobre las tropas rusas concentradas ante la aldea de Kniazkovo. Napoleón consintió y ordenó que se le informara sobre el efecto producido por dichas baterÃas.
Un ayudante lo comunicó que, siguiendo sus órdenes imperiales, habÃan sido emplazados contra los rusos doscientos cañones, pero que el enemigo seguÃa resistiendo.
—Nuestro fuego destruye sus filas, pero resisten— explicó el ayudante.
—Ils en veulent encore!…[446]— dijo Napoleón con voz ronca.
—Sire?— preguntó el ayudante, que no lo habÃa entendido bien.
—Ils en veulent encore. Donnez-leur-en[447]— repitió Napoleón, con voz ronca y fruncidas las cejas.