Guerra y Paz
Guerra y Paz Varias decenas de miles de hombres, vestidos con los más diversos uniformes, yacían muertos en las más distintas posturas sobre los campos y prados pertenecientes a los señores Davídov y a campesinos de la Corona; en aquellos campos y prados los mujiks de Borodinó, Gorki, Shevardinó y Semiónovskoie habían recogido durante largos siglos sus cosechas y apacentado los rebaños. En torno a las ambulancias, en el espacio de una hectárea, la hierba y la tierra estaban empapadas de sangre. Una gran multitud de heridos y no heridos de diversas unidades marchaban, por una parte, hacia Mozhaisk, y otros, igual de numerosos, retrocedían hacia Valúievo. El miedo se reflejaba en todos los rostros. Otros, agotados y hambrientos, conducidos por sus jefes, iban hacia adelante. Y otros, por último, permanecían en sus puestos y continuaban disparando.
Sobre todos aquellos campos, antes tan bellos y alegres con las brillantes bayonetas y el humo de las hogueras bajo el sol de la mañana, se esparcía ahora la niebla y se sentía la humedad y el olor acre y extraño a salitre y a sangre. Se habían acumulado las nubes y una fina llovizna comenzaba a caer sobre los muertos y heridos y sobre aquellos hombres asustados, agotados y vacilantes, que comenzaban a dudar. Aquella tenue lluvia parecía decir: “¡Basta! ¡Basta! ¡Hombres, cesad!… ¡Reflexionad!… ¡Qué estáis haciendo!”.