Guerra y Paz
Guerra y Paz Alrededor de la rústica mesa de abeto, cubierta de mapas, planos, papeles y lápices, se había reunido tanta gente que los ordenanzas trajeron otro banco y lo colocaron junto a la mesa. En ese banco se sentaron Ermólov, Kaisárov y Tolly. Bajo los iconos, el primer puesto lo ocupaba Barclay de Tolly, que lucía al cuello la cruz de San Jorge y tenía el rostro pálido y enfermizo; su ancha frente se juntaba con el cráneo calvo. Tenía fiebre desde hacía dos días y en aquel mismo momento sentía escalofríos y le dolía todo el cuerpo. Uvárov estaba a su lado y, en voz baja (como hablaban todos), le decía algo con rapidez y gesticulando. El pequeño y redondo Dojtúrov, con las cejas arqueadas y las manos plegadas sobre el vientre, escuchaba con atención. Enfrente, apoyando en la mano su amplia cabeza de rasgos enérgicos y brillantes ojos, se hallaba el conde Ostermann-Tolstói, que parecía abstraído en sus propios pensamientos. Raievski, con gesto habitual, ensortijaba sus negros cabellos en las sienes y miraba tan pronto a Kutúzov como a la puerta de entrada. Iluminaba el rostro enérgico, bello y bonachón de Konovnitsin una sonrisa tierna y maliciosa. Se acababa de encontrar con la mirada de Malasha y le hacía señas con los ojos que provocaban la sonrisa de la niña.