Guerra y Paz
Guerra y Paz Todos esperaban a Bennigsen, quien, con el pretexto de inspeccionar de nuevo las posiciones, estaba dando fin a una suculenta comida. Aguardaron su llegada desde las cuatro hasta las seis, sin comenzar la sesión, manteniendo, en voz baja, conversaciones particulares.
Cuando Bennigsen entró en la isba, Kutúzov salió de su oscuro rincón y se acercó a la mesa procurando que no le diese en la cara la luz de las velas allí colocadas.
Bennigsen comenzó la sesión con la siguiente pregunta: “¿Debemos abandonar sin combatir la antigua y sagrada capital de Rusia o debemos defenderla?”. A esas palabras siguió un silencio prolongado y general. Todos los rostros se oscurecieron y, en medio del silencio, se oía el irritado carraspeo y la tosecilla de Kutúzov. Todos los ojos se volvieron hacia él. También Malasha miró al abuelo, a quien tenía muy cerca, y vio cómo se contrajo su rostro y se llenó de arrugas; diríase que estaba a punto de llorar. Mas el silencio fue breve.