Guerra y Paz
Guerra y Paz Comprendía Elena que el asunto era muy sencillo y fácil desde el punto de vista espiritual pero que sus guías creaban dificultades porque temían el juicio de la sociedad.
Entendiéndolo así, Elena decidió que había que preparar a la sociedad. Provocó los celos del viejo gran dignatario y le dijo lo mismo al primer pretendiente, es decir, presentó las cosas como si el único medio de adquirir derechos sobre ella fuera el matrimonio.
El viejo dignatario quedó en un principio atónito con la proposición matrimonial, lo mismo que el joven príncipe, dado que el marido de Elena seguía vivo. Pero Elena, con su inconmovible seguridad de que para ella era tan fácil casarse de nuevo como para una muchacha soltera, acabó por hacer mella en él. Si hubiese dejado traslucir el menor gesto de vacilación, de vergüenza o misterio, su causa habría quedado irremediablemente perdida. Pero en ella no había ni el menor asomo de misterio o vergüenza; por el contrario, con simplicidad y candor contaba a sus íntimos (es decir, a todo San Petersburgo) que el príncipe y el gran señor habían pedido su mano, que ella los amaba a los dos y temía disgustar a uno o a otro.