Guerra y Paz
Guerra y Paz Siente vergüenza y cubre sus piernas con la mano, descubiertas por la caída, en aquel momento, del capote.
Mientras se tapaba, abrió los ojos y vio los sobradillos, los postes, el patio de la posada; pero lo vio todo azulado, claro, brillante por las gotas de rocío y la escarcha.
“Amanece —pensó Pierre—. Pero no se trata de eso: tengo que escuchar y comprender las palabras del bienhechor.” Se cubrió de nuevo con el capote; pero ya no volvieron ni la logia ni el bienhechor. No quedaban más que ideas claramente expresadas con palabras, ideas que alguien exponía o él mismo formulaba.
Recordando más tarde aquellas ideas, aunque provocadas por los acontecimientos de la jornada, Pierre estaba convencido de que alguien, que no era él, se las decía. Tenía la impresión de que nunca habría podido, ni en estado de vigilia, pensar y expresar así semejantes pensamientos.