Guerra y Paz

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XIII

El sábado, día 31 de agosto, todo estaba patas arriba en casa de los Rostov. Las puertas permanecían abiertas, los muebles habían sido sacados o cambiados de lugar, descolgados los espejos y cuadros. Las habitaciones estaban llenas de baúles y en el suelo, cubierto de paja, había papel de envolver y cuerdas. Los mujiks y los criados que sacaban la carga andaban pesadamente por el parqué. En el patio se apretaban los carros, unos cargados ya hasta el tope y otros vacíos.

Por todas partes resonaban las voces y pisadas de los criados y mujiks llegados con los carros llamándose entre sí, tanto en el patio como en la casa. El conde había salido por la mañana. La condesa, con dolor de cabeza por el ruido y el ajetreo, permanecía echada en una salita nueva con compresas de vinagre en la frente. Petia no estaba en casa (había ido a ver a un amigo suyo con quien tenía intención de pasar de las milicias al ejército de operaciones). Sonia, en el salón, vigilaba el embalaje de la cristalería y la porcelana. Natasha, sentada en el suelo de su devastada habitación, en medio de vestidos, cintas y chales desperdigados, con la mirada fija en el suelo, tenía en sus manos el vestido de baile, ahora pasado de moda, que había llevado en su primer baile de San Petersburgo.


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