Guerra y Paz
Guerra y Paz Mme Schoss, que había ido a casa de su hija, aumentó el miedo de la condesa con el relato de lo que había visto en la calle Miásnitskaia en un almacén de bebidas. Le había sido imposible pasar por allí a causa de la muchedumbre de borrachos que gritaban desaforadamente. Tuvo que tomar un coche y dar un rodeo para volver a casa. Según le contó el cochero, el pueblo había destrozado los barriles de vodka porque ésa había sido la orden.
Después del almuerzo todos los Rostov se pusieron a empaquetar febrilmente preparando la marcha. El viejo conde permaneció en su casa toda la tarde e iba sin descanso del patio al interior, gritaba a los criados metiéndoles prisa, aumentando aún más la confusión. Petia daba órdenes en el patio. Sonia no sabía qué hacer con las órdenes contradictorias del conde y se equivocaba continuamente. Los criados gritaban, discutían, hacían ruido y corrían por las salas y el patio. Natasha se puso a trabajar con la pasión que ponía en todas las cosas. Al principio, todos miraron con desconfianza su intervención en el embalaje, esperando cualquier broma de su parte, y no querían obedecerla. Pero ella, con ardor y obstinación, exigió que la obedecieran, se enfadaba, estuvo casi a punto de llorar porque no le hacían caso y por fin consiguió la confianza de todos.
