Guerra y Paz
Guerra y Paz Los tapices cedieron y pudieron cerrar el cajón. Natasha aplaudió, chilló jubilosa y hasta brotaron lágrimas de sus ojos. Pero fue cosa de un segundo. Al instante emprendió otro trabajo y todos la obedecieron sin vacilar. Ni el mismo conde se inquietaba cuando le decían que Natasha Ilínishna había cambiado alguna cosa mandada por él; ahora los criados acudían a ella, preguntando si debían amarrar o no el equipaje de un carro o si ya tenía bastante carga.
Gracias a la intervención de Natasha, los preparativos se aceleraron visiblemente. Las cosas inútiles se dejaban y las más valiosas se empaquetaban lo mejor posible. Mas a pesar de la diligencia de los criados, era ya bien entrada la noche y no se había terminado con todo. La condesa se quedó dormida y el conde, aplazando la marcha para la mañana siguiente, se retiró también a descansar.
Sonia y Natasha se echaron vestidas en el despacho de los divanes.
Aquella noche llegó a la calle Povárskaia un nuevo herido y Mavra Kuzmínishna, que estaba en la puerta, lo hizo entrar en casa de los Rostov. Aquel herido, en opinión de Mavra Kuzmínishna, debía ser un personaje muy importante. Lo traían en un coche cerrado con la capota bajada. Un anciano ayuda de cámara, de porte respetable, iba en el pescante, junto al cochero. Detrás, en un carro, seguían el médico y dos soldados.