Guerra y Paz
Guerra y Paz Berg, el yerno de los condes Rostov, era ya coronel en posesión de las cruces de San Vladimiro y Santa Ana y seguía ocupando su puesto tranquilo y grato de auxiliar del segundo jefe de la primera sección del Estado Mayor del segundo cuerpo del ejército.
El 1 de septiembre había llegado a Moscú procedente del ejército.
No tenía nada que hacer en Moscú, pero advirtió que todos querían dirigirse a la capital y creyó necesario pedir él también un permiso para resolver asuntos de familia y de intereses.
Berg llegó a casa de su suegro en un elegante coche tirado por dos vigorosos caballos semejantes en todo a los de cierto príncipe. En el patio de la casa examinó atentamente los carros, y, mientras se acercaba a la puerta, sacó un fino pañuelo y anudó una de sus puntas.
Con paso rápido y deslizante atravesó el vestíbulo y entró en la sala. Abrazó al conde, besó la mano a Natasha y a Sonia y se informó apresuradamente sobre la salud de mamá.
—¡Cómo va a estar ahora! Pero cuéntanos tú— dijo el conde. —Cuéntanos qué hacen las tropas. ¿Siguen retrocediendo o presentarán batalla?
