Guerra y Paz
Guerra y Paz Corrió la voz por las casas vecinas y comenzaron a llegar al patio de los Rostov los heridos recogidos en otras casas. Muchos de ellos se oponÃan a que se descargaran los bultos, conformándose con acomodarse encima; pero una vez tomada aquella decisión, no habÃa tiempo de volverse atrás. Resultaba indiferente dejarlo todo o la mitad solamente. Los baúles con la vajilla, los bronces, cuadros y espejos, tan cuidadosamente embalados la vÃspera, quedaban ahora en el patio; todos buscaban y encontraban el modo de descargar más cosas para dejar puestos libres en los carros.
—Caben otros cuatro— dijo el administrador. —Puedo entregar mi carro también; si no, ¿qué será de ellos?
—Vaciad también el carro de mi guardarropa— dijo la condesa. —Duniasha vendrá conmigo en la carroza.
Se vació el carro del guardarropa y se envió en busca de algunos heridos aposentados dos casas más allá. Todos los Rostov y sus criados estaban alegres y animados. Natasha se hallaba en un estado de entusiasmo y felicidad no sentidos hacÃa tiempo.
—¿Dónde lo atamos?— preguntaron los criados, que colocaban un baúl en la estrecha parte trasera de la carroza. —DeberÃamos dejar al menos un carro.
—¿Qué hay dentro?— preguntó Natasha.
—Los libros del conde.