Guerra y Paz
Guerra y Paz —¿Algo muy malo para m�… ¿Qué es?— insistió la sensible Natasha.
Sonia suspiró, sin contestar. El conde, Petia, Mme Schoss, Mavra KuzmÃnishna y VasÃlich entraron en la sala. Cerraron las puertas, se sentaron y permanecieron unos segundos en silencio, sin mirarse unos a otros.
El conde fue el primero en levantarse; después, con un profundo suspiro, se santiguó vuelto hacia el icono. Todos lo imitaron. El conde abrazó a Mavra KuzmÃnishna y a VasÃlich, que se quedaban en Moscú, y mientras ellos procuraban apresar su mano y lo besaban en el hombro, les golpeó levemente la espalda y balbuceó algunas palabras confusas, consoladoras y cariñosas.
La condesa se dirigió al oratorio; Sonia la encontró arrodillada delante de algunas imágenes que quedaban en la pared. (Los iconos más valiosos habÃan sido embalados, como recuerdos de familia, y los llevaban consigo.)
En el zaguán y en el patio, los criados que se iban (a quienes Petia habÃa armado de puñales y sables), con los pantalones metidos en las cañas de las botas altas y bien ceñidos los cinturones, se despedÃan de los que se quedaban.