Guerra y Paz

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XVIII

Desde hacía dos días, es decir, desde que desapareció de su casa, Pierre habitaba en el piso vacío del difunto Bazdéiev. Había sucedido así:

Al día siguiente de su regreso a Moscú, después de la conversación con el conde Rastopchin, Pierre, al despertarse, estuvo largo rato sin percatarse de dónde se hallaba y qué deseaban de él. Cuando entre los nombres de quienes lo esperaban en la sala nombraron al francés portador de la carta de la condesa Elena Vasílievna sintió que lo invadía aquel sentimiento de confusión y desesperanza al que era tan propenso. Le pareció que todo había concluido ahora, que todo se confundía, se venía abajo; nadie tenía razón ni nadie era culpable; el porvenir no le reservaba ya nada y el presente no tenía solución. Sonriendo forzadamente y mascullando algo entre dientes, ya se dejaba caer en el diván, ya se ponía en pie, se acercaba a la puerta y miraba por el ojo de la cerradura a la antesala, bien gesticulando, daba la vuelta y tomaba un libro. El mayordomo anunció por segunda vez que el francés, que había traído la carta de la condesa, deseaba verlo, aunque sólo fuera un instante, y que habían venido de parte de la viuda de Bazdéiev rogándole que se hiciera cargo de los libros, porque la señora Bazdéiev se había ido al campo.

—¡Ah, sí! Ahora… Espera… Bueno, no. Di que volveré en seguida— dijo Pierre al mayordomo.


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