Guerra y Paz

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XXII

Pero el interior de la ciudad, mientras tanto, estaba vacío. En las calles apenas se veía un alma. Los portales y comercios permanecían cerrados. Alrededor de las tabernas solían oírse gritos o el cantar de los borrachos. No circulaba ningún vehículo y los peatones eran muy escasos. La calle Povárskaia estaba tranquila y desierta. En el enorme patio de los Rostov quedaban restos de heno y estiércol, pero no se veía a nadie. En la gran sala de la casa donde habían dejado todos los muebles y objetos de valor se encontraban el portero Ignat y el pequeño Mishka, nieto de Vasílich, que se había quedado en Moscú con su abuelo. Mishka había abierto el clavicordio y tocaba las teclas con un dedo. El portero, con las manos en las caderas, sonreía mirándose complacido ante el gran espejo.

—Suena bien, ¿verdad, tío Ignat?— decía el muchacho, poniéndose de pronto a golpear el teclado con las dos manos.

—¡Vaya!— repuso Ignat, asombrado de que su rostro sonriera cada vez más en el espejo.

—¡No tenéis vergüenza! ¡De verdad, no tenéis conciencia!— dijo, detrás de ellos, la voz de Mavra Kuzmínishna, que había entrado silenciosamente en la sala. —¡Puedes presumir con esa cara! ¡No vales para otra cosa! Ahí está todo sin recoger y Vasílich no puede más. ¡Ya te llegará tu hora!


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