Guerra y Paz
Guerra y Paz Hacia las nueve de la mañana, cuando las tropas atravesaban la ciudad, nadie acudía a pedir órdenes al conde. Quien podía marcharse se iba de Moscú; los que se quedaban decidían por sí mismos lo que debían hacer.
El conde ordenó enganchar el coche para ir a Sokólniki. Seguía en su despacho con el ceño fruncido, cruzados los brazos, pálido y silencioso.
En días de paz, todo administrador cree que sólo gracias a sus desvelos viven sus administrados y halla en esa creencia de sentirse indispensable la mejor recompensa a sus esfuerzos y trabajos. Mientras se mantiene sereno el mar de la historia, el gobernante, en su mísera barca, cree que es él quien hace avanzar la nave del pueblo en que apoya la pértiga. Pero si se levanta un huracán, si se agitan las olas, la nave comienza a moverse y el error se hace inevitable. El barco avanza con su marcha propia, independiente, la pértiga ya no lo alcanza, y el dirigente, antes dueño y manantial de toda fuerza, se convierte en un ser inútil, insignificante y débil.
Rastopchin se daba cuenta de ello y eso lo irritaba.
