Guerra y Paz

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El jefe de policía, que había sido detenido por la muchedumbre, entró a ver al conde cuando un ayudante pasaba a decirle que los caballos estaban enganchados y el coche dispuesto. Ambos estaban pálidos. El jefe de policía, en su informe sobre la situación, comunicó al conde que en el patio había una enorme muchedumbre que deseaba verlo.

Rastopchin se levantó sin decir una palabra y, con pasos rápidos, entró en un salón lujoso y lleno de luz. Se acercó al balcón, quiso abrirlo, pero lo pensó mejor y se dirigió a una ventana desde la que veía mejor a la multitud. El mozo alto sobresalía en una de las primeras filas; decía algo con rostro serio y movía mucho los brazos. El herrero de la cara ensangrentada lo acompañaba con aire sombrío. A través de las ventanas cerradas llegaba el rumor de las voces.

—¿Está dispuesto el coche?— preguntó Rastopchin, separándose de la ventana.

—Sí, Excelencia, está dispuesto— contestó el ayudante.

Rastopchin se acercó de nuevo al balcón.

—Pero ¿qué quieren?— preguntó al jefe de policía.


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