Guerra y Paz
Guerra y Paz —Excelencia, dicen que se han reunido para ir, según sus órdenes, contra los franceses. Gritan no sé qué sobre los traidores. Pero la gente está revuelta, Excelencia. Me ha costado librarme de ellos… Me permito decirle…
—¡Retírese! No tengo necesidad de que me diga lo que debo hacer— gritó colérico Rastopchin.
De pie, junto a la puerta del balcón, miraba fijamente a la muchedumbre.
“¡Eso es lo que han hecho de Rusia! ¡He aquí lo que han hecho de mí!”, pensó; y en su alma se levantó una cólera irrefrenable contra aquel a quien pudiera imputarse lo que estaba sucediendo. Como ocurre frecuentemente a los hombres coléricos, ya no se dominaba y buscaba todavía el objeto de su ira.
“La voilà, la populace, la lie du peuple, la plèbe qu’ils ont soulevée par leur sottise. Il leur faut une victime”,[479] pensó mirando al mozo alto que agitaba los brazos. Y pensó así porque su cólera reclamaba una víctima, un objeto.
—¿Está ya el coche?— preguntó por segunda vez.
—Sí, Excelencia… ¿Qué ordena respecto a Vereschaguin? Está esperando en el zaguán— respondió el ayudante.
—¡Ah!— exclamó Rastopchin, como dominado por un recuerdo imprevisto.