Guerra y Paz

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XXVI

A las cuatro de la tarde las tropas de Murat entraban en Moscú. A la cabeza marchaba un destacamento de húsares de Würtemberg; detrás, a caballo y rodeado de un gran séquito, iba el rey de Nápoles en persona.

Hacia la mitad de la calle de Arbat, cerca de la iglesia de San Nicolás, Murat se detuvo a la espera de noticias del destacamento de vanguardia para saber en qué condiciones se hallaba la fortaleza de Moscú, le Kremlin.

Alrededor de Murat se fue reuniendo un pequeño grupo de personas que se habían quedado en Moscú. Todos miraban con tímida perplejidad a aquel extraño jefe de largos cabellos, adornado con plumas y lleno de joyas.

—¿Es su rey? ¡Pues no está mal!— comentaban en voz baja.

Un intérprete se acercó al grupo.

—Descubríos… descubríos…— se dijeron unos a otros. El intérprete preguntó a un viejo portero si el Kremlin estaba lejos. El portero, estupefacto, escuchó la pregunta hecha con acento polaco, extraño para él. Creyó que no era ruso lo que el intérprete hablaba, no comprendió lo que le decían y se escondió entre el grupo.


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