Guerra y Paz
Guerra y Paz La primera noche después de la salida de Moscú fue bastante templada y lo dejaron en el coche; pero en Mitischi el mismo herido quiso que lo sacaran de allí y pidió té. El dolor experimentado durante el traslado a la isba le arrancó fuertes lamentos y volvió a perder el sentido. Cuando lo colocaron en el lecho de campaña permaneció largo rato inmóvil, con los ojos cerrados. Después los abrió y dijo suavemente: “Bueno, ¿y ese té?”. Esta memoria para los pequeños detalles de la vida sorprendió al médico. Le tomó el pulso y notó, con estupor, que había mejorado. Comprobarlo lo disgustó, porque su experiencia de profesional le decía que no podía vivir mucho y que si no moría ahora, moriría poco después y con sufrimientos mucho mayores. Con el príncipe Andréi llevaban también al comandante de batallón de su regimiento, Timojin, el de la nariz colorada, herido en la pierna en la misma batalla de Borodinó. Los acompañaban el médico, el ayuda de cámara, el cochero del príncipe y dos asistentes.
Trajeron el té y el príncipe Andréi lo bebió ávidamente, con los ojos febriles puestos en la puerta, como si tratara de comprender y recordar.
—No quiero más— dijo. —¿Está aquí Timojin?
Timojin se acercó arrastrándose sobre el banco en que estaba echado.
—Estoy aquí, Excelencia.
—¿Cómo va tu herida?