Guerra y Paz
Guerra y Paz Cuando Pierre, después de dar un rodeo por patios y callejones, volvió con la niña al jardín de Gruzinski, en la esquina de la calle Povárskaia, no reconoció al principio el lugar del que había salido para buscar a la pequeña; ahora estaba lleno de gente y de enseres salvados de las llamas. Además de las familias rusas y sus bienes que habían escapado del incendio, se veían algunos soldados franceses vestidos con diversos uniformes. Pierre no les prestó atención. Se daba prisa en localizar a la familia del funcionario para entregarles a la niña y volver a salvar a otro todavía. Le parecía que debía hacer mucho más, y lo antes posible. Enardecido por el fuego y la carrera, Pierre experimentaba más que nunca aquella sensación de juventud, animación y energía que lo había invadido cuando corrió en busca de la niña. Ahora la niña se había calmado; sentada en brazos de Pierre se agarraba con sus manitas a su caftán y miraba en derredor como un animalito salvaje. De tanto en tanto Pierre le echaba una ojeada y le sonreía levemente. Creía descubrir algo conmovedor y cándido en ese pequeño rostro asustado y enfermizo.
