Guerra y Paz
Guerra y Paz El funcionario y su familia ya no estaban en el sitio de antes. Pierre avanzó con presteza entre la gente, sin dejar de mirar a todos cuantos encontraba. Se fijó en una familia georgiana o armenia, compuesta por un hombre muy viejo, guapo, de tipo oriental, que vestía pelliza y botas nuevas, una vieja del mismo aspecto y una mujer joven. Esa mujer, muy joven, pareció a Pierre el tipo perfecto de belleza oriental, con sus arqueadas cejas negras, el hermoso rostro ovalado, de cutis delicadísimo, sin ninguna expresión.
En medio de aquella muchedumbre y de los montones de enseres, esa joven, con su abrigo forrado de raso y el pañuelo de color lila con que cubría la cabeza, hacía pensar en una frágil planta de invernadero arrojada a la nieve. Estaba sentada sobre unos bultos, detrás de la vieja, y sus grandes ojos negros, inmóviles, velados por largas pestañas, miraban al suelo. Indudablemente, conocía su propia belleza, y eso era la causa de sus temores. Su rostro impresionó a Pierre, que, a pesar de la prisa, al pasar a lo largo de la valla se volvió varias veces para mirarla. Y como no encontraba a los que iba buscando, se detuvo y miró en derredor.
La figura de Pierre con la niña en brazos se destacaba aún más que antes; a su alrededor se juntaron algunos rusos, hombres y mujeres.
—¿Buscas a alguien, amigo? ¿Es usted un señor? Dinos, ¿de quién es esa niña?— le preguntaban.