Guerra y Paz
Guerra y Paz Con una sonrisa que no se borraba de sus labios, sentado en su butaca, Nikolái se inclinaba hacia la rubia dama y le prodigaba cumplidos mitológicos.
Cambiando hábilmente de postura y la posición de sus piernas, difundÃa el aroma de su perfume, admiraba a su dama y a sà mismo, asà como la bella forma de sus piernas bien ceñidas por el pantalón; Nikolái decÃa a la rubia que deseaba raptar a una señora de Vorónezh.
—¿A quién?
—Es hermosa, divina. Tiene ojos…— y Nikolái miró a su compañera, —azules, boca de coral, piel blanquÃsima— contempló sus hombros —y el torso… de Diana.
El marido, taciturno, se les acercó y preguntó a su mujer de qué estaban hablando.
—¡Oh, Nikita Ivánich!— dijo Nikolái levantándose cortésmente. Y como deseoso de que Nikita Ivánich tomase parte de sus bromas, le confió sus propósitos de raptar a una rubia.
El marido sonreÃa con aire sombrÃo, la esposa alegremente. La bondadosa gobernadora se acercó a ellos con expresión reprobatoria.
