Guerra y Paz

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V

Con una sonrisa que no se borraba de sus labios, sentado en su butaca, Nikolái se inclinaba hacia la rubia dama y le prodigaba cumplidos mitológicos.

Cambiando hábilmente de postura y la posición de sus piernas, difundía el aroma de su perfume, admiraba a su dama y a sí mismo, así como la bella forma de sus piernas bien ceñidas por el pantalón; Nikolái decía a la rubia que deseaba raptar a una señora de Vorónezh.

—¿A quién?

—Es hermosa, divina. Tiene ojos…— y Nikolái miró a su compañera, —azules, boca de coral, piel blanquísima— contempló sus hombros —y el torso… de Diana.

El marido, taciturno, se les acercó y preguntó a su mujer de qué estaban hablando.

—¡Oh, Nikita Ivánich!— dijo Nikolái levantándose cortésmente. Y como deseoso de que Nikita Ivánich tomase parte de sus bromas, le confió sus propósitos de raptar a una rubia.

El marido sonreía con aire sombrío, la esposa alegremente. La bondadosa gobernadora se acercó a ellos con expresión reprobatoria.


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