Guerra y Paz

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En los dos días que transcurrieron entre esa noticia y la visita de Rostov, la princesa María no dejó de meditar en la conducta que debía observar delante de él. Unas veces pensaba que no saldría a la sala mientras él estuviera con su tía, puesto que no era oportuno, con un luto tan riguroso como el suyo, recibir invitados; otras veces le parecía que proceder así sería una grosería, después de lo que Rostov había hecho por ella; y otras aun creía que su tía y la gobernadora tenían proyectos referentes a ella y a Rostov (a veces sus miradas y sus palabras parecían confirmar esa suposición). O bien se decía que sólo una mujer tan perversa como ella podía pensar así de ellas. Ellas no podían olvidar que en su situación actual, cuando aún no había dejado los velos del luto, el noviazgo equivaldría a una ofensa a la memoria de su padre. La princesa María, suponiendo que vería a Rostov, trataba de imaginar lo que él iba a decirle y qué podría contestarle. Y esas palabras le parecían unas veces inmerecidamente frías y otras sobrecargadas de sentido. En la conversación que iba a tener con él temía sobre todo la turbación que pudiera apoderarse de ella y traicionarla en cuanto lo viera.





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