Guerra y Paz

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Sonia rompió en sollozos histéricos; manifestó que estaba dispuesta a hacer cuanto se le pidiera, pero no prometió nada; en el fondo de su alma no estaba decidida: debía sacrificarse por la felicidad de la familia que la había protegido y educado; ya era una costumbre suya sacrificarse por los demás. Su posición en la casa permitía poner de manifiesto sus méritos por la vía del sacrificio; para ella era un hábito y le gustaba hacerlo. Hasta entonces sabía que todos sus actos de abnegación la realzaban ante los demás y la hacían cada vez más digna de Nikolái, a quien amaba más que a nadie en esta vida. Mas ahora su sacrificio consistía en renunciar a lo que significaba para ella la recompensa de todas sus abnegaciones y el sentido mismo de su existencia. Por vez primera guardó rencor a las personas que la habían recogido para hacerla sufrir más. Envidió a Natasha, que nunca había sentido nada semejante ni había necesitado sacrificarse, que exigía sacrificios de los demás y a la que, sin embargo, todos amaban. Sintió también que su amor por Nikolái, tan puro y sereno hasta entonces, empezaba a trocarse en una pasión violenta, al margen de las leyes, de la virtud y de la religión. Influida por esos sentimientos, Sonia, acostumbrada al disimulo a causa de su dependencia, respondió a la condesa con palabras vagas, evitó en adelante hablar con ella y decidió esperar a Nikolái; no para devolverle su palabra, sino, por el contrario, para unirse a él para siempre.


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