Guerra y Paz
Guerra y Paz El 8 de septiembre llegó a la cochera donde estaban los prisioneros un oficial muy importante, a juzgar por las muestras de respeto con que lo saludaron los centinelas. Ese oficial, probablemente del Estado Mayor, pasó lista a los detenidos rusos; al llegar a Pierre lo llamó celui qui n'avoue pas son nom.[573] Después de contemplar con indolente indiferencia a los presos, ordenó al oficial de guardia que los vistieran decentemente y arreglaran, porque los llevarían a presencia del mariscal. Pasada una hora, llegó una compañía de soldados que condujo a Pierre y a los otros trece detenidos al campo de Dievitchie Polie. Era un día claro y soleado después del chaparrón de poco antes; el aire parecía extraordinariamente puro. El humo del incendio no se pegaba al suelo como el día que Pierre salió del cuerpo de guardia de la puerta de Zúbovski, sino que se elevaba en columnas por el aire transparente. Ya no se veían llamas, pero la humareda subía por todas partes y todo cuanto Pierre podía abarcar con sus ojos estaba reducido a cenizas. Aquí y allá aparecían ruinas, recintos devastados y muros renegridos entre los que a duras penas se mantenían en pie las chimeneas. Pierre no podía reconocer los barrios de la ciudad. De vez en cuando veía alguna iglesia intacta. El Kremlin, que no había sufrido el incendio, brillaba a lo lejos, blanco y enorme, con sus torres y su campanario de Iván el Grande. Más próxima resplandecía alegre la cúpula del monasterio de Novodievichié, cuyas campanas repicaban con especial sonoridad. Pierre recordó que era domingo y fiesta de la Natividad de la Virgen; pero no quedaba nadie para festejarlo. Todo eran ruinas e incendios. De vez en cuando se cruzaban con algunos rusos harapientos y asustados, que trataban de esconderse al ver a los franceses.