Guerra y Paz

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XIII

En la barraca a la que Pierre fue conducido y en la cual permaneció cuatro semanas había veintitrés soldados, tres oficiales y dos funcionarios.

Más tarde los recordaba a todos como envueltos en una especie de neblina; tan sólo Platón Karatáiev quedó para siempre en su memoria como el recuerdo más vivo y querido, como la personificación de todo cuanto es ruso, bondadoso y redondo. A la mañana siguiente, cuando Pierre pudo ver a su vecino, la primera impresión de algo redondo se confirmó plenamente. Toda la persona de Platón, con el capote francés ceñido con una cuerda, la gorra y los lapti, era redonda. Su cabeza era completamente redonda, los hombros, hasta los brazos, que mantenía siempre en posición de abrazar algo, eran redondos. La misma impresión producían su sonrisa agradable y sus ojos, grandes, castaños y cariñosos.

Platón Karatáiev pasaba probablemente de los cincuenta a juzgar por sus relatos de las campañas en que había tomado parte como soldado. No sabía a ciencia cierta su edad ni sabía precisarla, pero sus hileras de dientes fuertes y blancos, que mostraba cuando reía (lo que hacía con frecuencia), estaban sanas y bien conservadas. Ni en la cabeza ni en la barba tenía un solo pelo blanco, su cuerpo parecía elástico y, sobre todo, firme y resistente.


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