Guerra y Paz
Guerra y Paz Cuando Natasha, con un movimiento habitual, abrió la puerta para dar paso a la princesa, ésta sentía ya que los sollozos se agolpaban en su garganta. Pese a todos sus esfuerzos para serenarse, sabía que al verlo no podría contener las lágrimas.
La princesa María había comprendido lo que quería decir Natasha con sus palabras “hace dos días le ocurrió eso”; comprendía que el príncipe Andréi se había dulcificado y que esa dulzura y enternecimientos eran indicios de muerte. Al llegar a la puerta vio con la imaginación el rostro de aquel Andriusha al que había conocido de niño; su cara dulce y afectuosa, llena de ternura, expresión que tan raras veces aparecía en él y que por eso tanto la impresionaba siempre. Sabía que ahora le diría palabras dulces y tiernas, como las que había dicho su padre al morir, y que ella no podría dominarse y estallaría en sollozos. Pero antes o después eso debía suceder, y entró en la habitación. El llanto la ahogaba cada vez más, mientras con sus ojos miopes distinguía el cuerpo y buscaba las facciones de su hermano. Por fin vio su rostro y sus miradas se encontraron.