Guerra y Paz

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—¡Oh, ya es bastante tarde!— dijo el conde Orlov, sin dejar de mirar hacia el campo francés.

Y como suele ocurrir cuando se pierde de vista la persona en quien se ha confiado, le pareció evidente a más no poder que aquel suboficial era un traidor, que lo había engañado y que iba a comprometer todo el ataque por la falta de aquellos regimientos a los cuales estaría llevando ahora Dios sabía dónde. ¿Acaso era posible apoderarse de Murat en medio de semejante masa de hombres?

—¡Me ha mentido ese canalla!— dijo el conde.

—Podemos hacerlos volver— dijo alguien del séquito que, al igual que Orlov-Denísov, dudaba del éxito de la empresa a la vista del campo enemigo.

—¿Eh? Es verdad… ¿Qué opinan? ¿Los dejamos hacer?

—¿Ordena usted que vuelvan?

—¡Que vuelvan! ¡Que vuelvan!— dijo de pronto con voz resuelta el conde Orlov, mirando su reloj. —Es tarde, ya es de día.

El ayudante se precipitó a través del bosque en busca de Grékov. Cuando Grékov volvió, el conde Orlov, preocupado por la contraorden, por la vana espera de las columnas de infantería que no terminaban de aparecer y por la proximidad del enemigo (todos los soldados de su destacamento sentían lo mismo), decidió el ataque.


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