Guerra y Paz
Guerra y Paz “Deben comprender que pasando a la ofensiva llevamos las de perder. Tiempo y paciencia son mis verdaderos adalides”, se decía. Sabía que no debe arrancarse del árbol la manzana verde; al madurar, el fruto cae por sí solo, pero, si se arranca cuando está verde, se estropea el fruto y el árbol, y lo único que se obtiene es dentera. Como experto cazador, sabía que la fiera estaba herida, en la medida en que podía herirla toda la fuerza rusa, pero aún no se sabía si la herida era o no mortal. Después de la embajada de Lauriston y de la visita de Barthélemy —y de acuerdo con los informes de los guerrilleros—, Kutúzov estaba casi seguro de que lo era. Pero hacían falta más pruebas: había que esperar.
“Quieren acercarse corriendo para ver cómo lo han matado. Esperad, ya lo veréis. ¡Siempre maniobras, siempre ofensivas! —pensaba—. ¿Con qué fin? ¡Sólo para distinguirse! ¡Como si la guerra fuera una diversión! Se parecen a esos niños a los que inútilmente se les pide que nos expliquen cómo surgió la pelea: lo único que les interesa es demostrar que saben pegarse. ¡Y ahora no se trata de eso! ¡Y qué hábiles maniobras me proponen todos ellos! Prevén dos o tres posibilidades (y se acordó del plan general de San Petersburgo) y creen que ya lo han calculado todo. ¡Cuando la realidad es que las posibilidades son infinitas!”