Guerra y Paz
Guerra y Paz Así lo sintió Napoleón; y desde que, al detenerse en Moscú, en la actitud correcta del esgrimidor, se encontró con el garrote levantado en vez de la espada del adversario, no dejó de lamentarse ante Kutúzov y el emperador Alejandro de que la guerra se hacía contra todas las reglas (como si existiesen reglas para matar a los hombres). A pesar de las quejas de los franceses por la no observancia de las reglas, y a pesar de que algunos rusos de superior condición creyeran vergonzoso —no se sabe por qué— atacar con garrotes, partidarios de pelear según las normas en quarte o en tierce y tirar hábilmente a fondo en prime, etcétera, el garrote de la guerra popular siguió levantándose y abatiéndose con toda su fuerza terrible y majestuosa; y sin tener en cuenta gustos y reglas, con ingenua sencillez pero con total racionalidad y sin pararse a pensar en nada, siguió golpeando a los franceses hasta acabar con el invasor.
¡Loado sea el pueblo que, no como los franceses de 1813 que saludaban según todas las reglas del arte, volviendo la espada y entregándola por la empuñadura a su magnánimo vencedor, loado sea ese pueblo que en el momento de prueba, sin preguntarse cómo procederían otros según las reglas en caso semejante, agarra sin dudar el primer garrote que tiene a mano y golpea al enemigo hasta que el sentimiento de ofensa y venganza deja paso en su alma al desprecio y la piedad!