Guerra y Paz

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Antes de llegar al lindero del bosque, Petia creía que su deber era regresar inmediatamente con los suyos; pero cuando vio a los franceses, cuando conoció a Tijón y supo que aquella noche iba a producirse el ataque, con la rapidez para cambiar de opinión, propia de sus años, pensó que su general, al que hasta entonces respetara tanto, no era más que un alemán que nada valía, que Denísov, el capitán de cosacos y Tijón eran unos héroes y sería vergonzoso abandonarlos en un momento difícil.

Anochecía cuando Denísov, Petia y el capitán llegaron a la cabaña. En la penumbra se destacaban los caballos ensillados y las sombras de los cosacos y húsares que construían rápidamente pequeñas barracas y encendían el fuego en el fondo de un barranco (para que los franceses no vieran el humo). En el zaguán de la pequeña isba un cosaco con los brazos desnudos partía un cordero. Dentro había tres oficiales del destacamento de Denísov, que preparaban la mesa utilizando para ello una puerta. Petia se quitó el uniforme mojado para que se lo secaran e inmediatamente ayudó a los oficiales en los preparativos de la cena.

Al cabo de diez minutos, sobre la mesa cubierta con una servilleta apareció el vodka, una cantimplora de ron, pan blanco y cordero asado con sal.


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